Whitman

más despacio que un carro cargado
con yerba seca de la cosecha
que se alejara en pos del horizonte
y acariciaran tus ojos jubilosos

más pesado que el yugo
que deforma el lomo de los bueyes
más inmediato que una península de sal
o esos despeñaderos donde se agolpan
los reclamos solitarios de las palmas

más seco que las hojas de yerba
que vieras con amor volar al viento

más apacible que un hombre dormido
en la ribera de un río
corazón de ocio barbilla desafiante
profundo olor a heno
así llega a mí tu enamorado canto hoy
iridiscente

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Nada tiene el brillo que soñara

me siento un rato a rumiar mis desencantos
interactuar con el teclado tiene una recompensa táctil
sonora también
como palmadas en el hombro de un misterio

severa es la roldana
los empujones sólidos que intentan destrabarla
pero el juego no era solo eso
no se trataba nomas de proferir injurias
desencajar la sonrisa para que afloren las señales
que acaso nos confirmen la existencia el alma

muy pronto acudiremos a morder el llanto

dejo que el sorbo de vino me endulce la esperanza
y sin poder casi desmarco las fronteras
me siento a observar el mundo como se hace hoy
de reojo y en millones de píxeles

somos una manada de mirones impúdicos
nada nos complace más que la observación

severo es el orden que sin hablar se impone
las caras van y vienen
la mayoría ni siquiera verdaderas
la gracia de un gato vale hoy más que el firmamento

nada tiene el brillo que soñara

El cactus

a lo que vamos
matar al tigre quedó atrás
ya no se usa
ahora hay que matar las ganas
de matar

pobre narciso apresado
en la pantalla táctil de un móvil

latir bajo la sábana
y también sobre ella
qué fastidio

porque no se puede mirar al mundo
y decir ya lo tengo
pero me estropearía los dedos
si tratara de enmendarlo
total para qué
si ponen en netflix una serie
demasiado buena

matar al tigre o soltarlo
qué vale una raya más o menos en el mundo
total que se nos cierra la ventana
y hasta aquél cactus
que compramos en walmart
se nos seca

Washington D.C.

cierro los ojos lanzo
al callejón otra mirada
no logro descubrir cómo rehacen
sus rostros infinitos

por los eneros sórdidos corría un viento
de hojas sueltas
de pañuelos y pétalos tirados

rodaban vasos de cocacola
alitas de pollo estilo búfalo
miradas que mordían en silencio
los trozos de su acera

la mascada que arrebataron
los servidores de la fe

temprana es la ilusión en cada enero
he preparado cuidadosamente el edicto
el viento cierra mis ojos
lanzo con dificultad al callejón
mi última mirada

El boxeador

te lanzas contra el imperio
abarcador de la noche
cuando se extinguen las luces
de tus muertos
cuando un escalofrío roza la punta
helada de una estrella

ya ves necesitas
perentoriamente el fuego
arrastras tu plan en solitario
rumiando jabs ganchos
derechazos

ya ves no es para ti
la jodida victoria
pero aun sabiéndolo perduras
desempolvas la gorra amagas
sientes la sal
de tu sangre en los labios

ya ves no es para ti
pero aun sabiéndolo
perduras

La visita

 

Hacía mucho tiempo que no los visitábamos, llegamos en un auto alquilado, de esos de la época pre-revolucionaria que sorprendentemente aún ruedan por todas partes. Subimos una pequeña escalera que era flanqueada, a cada lado, por dos apartamentos, uno en la planta baja, y otro en la alta, ellos vivían en la alta, del lado derecho. El edificio estaba bastante descuidado, aquí y allá se podían ver pedazos de pared de ladrillos descarnados, desechos tirados por los alrededores, y una ausencia casi total de pintura.

La sorpresa de ellos fue grande, casi no nos reconocieron a primera vista, pero enseguida irrumpieron en llantos de alegría, abrazándonos con gran alborozo. Ellos habían envejecido mucho en estos años, pero seguían siendo los mismos, la misma afabilidad de siempre, de ésas que se notan a simple vista, y que no es posible ocultar ni aunque lo quieras.

Una vez calmadas las primeras efusiones, nos invitaron al obligado café, y ya sentados comenzó la conversación, los cómo están, los cuéntame tu vida, los cuánto tiempo. A medida que la conversación avanzaba, me iba fijando en la escasa decoración de la vivienda, vi la pareja de gallitos pintos sobre su base de madera, la muñequita de cerámica con su sonrisa infantil, el altar con su virgen, el frigidaire marca Philco, los mismos muebles, los cuadros en las paredes, todo exactamente igual a como lo recordaba de mi infancia, hace ya más de cuarenta años.

Como andábamos con mucha prisa, la visita fue corta, siempre que vamos a la isla es así, corriendo de un lado para otro, con tantos parientes y amigos que no nos deja casi tiempo. Ya en la carretera, las ventanillas del auto abierta, rodeado del habitual barullo y de la música demasiado alta que salía de todos lados, sentí de pronto aquel aluvión, vi la pareja de gallitos pintos, los retratos fijos, la imperturbable muñequita de cerámica, vi a nuestros antiguos vecinos, tan viejos ya, consumiéndose como ese paisaje que se diluía por la ventanilla, como apresados en algún cuadro abstracto que no podemos comprender, y en donde aparecemos apenas como una diminuta linea indecisa que se quiebra.

El tiempo

el tiempo se derrama
sus intrincados azules
su rostro endurecido
su oscura luz como de falsa victoria
como el sonido cansado de las cosas
como la abolición serena de los altos imperios
nos llega así sutil de entre las sombras
cargando con su paciencia enorme
sedoso por barrancos resbalando
el tiempo torvo y taciturno

El sobre

abra usted aquí este sobre
como una rama incandescente
misterioso como una ventana
tapiada por el viento

abra por fin este pedazo de infortunio
señor por favor no se retrase
desenvuelva con sus trémulas manos
la filosa navaja contenida

todo lo que teme queda aquí encerrado
todo lo que espera se oculta en este sobre
ábralo usted aquí señor por dios
no se retrase

 

No pido

no pido al ángel
bobalicón que alivie
mi dolor traicionero
no a las constelaciones
de los que viajan
en vaporosas
nubes homogéneas
ni a los transeúntes
ni a los vociferantes
vendedores de ungüentos
no pido nada
para este apuñalamiento
cruel que me alimenta